sábado, 5 de mayo de 2012

Relatos de un papá en la sala de espera


4:47 AM el celular que utilizo como despertador llevaba dos minutos sonando, era hora de despertarse, el día que toda la familia estaba esperando era ese 24 de abril, fecha en la que cambiaría nuestras vidas para siempre. No paraba de pensar en el momento que viera a mi hija por primera vez, no sabía lo que iba a hacer, era una pregunta que hacía días rondaba por mi cabeza, un montón de locuras se me pasaron por la mente y lo cierto es que nada de eso hice. Los minutos que transcurrieron entre el momento en que me bañé y cambié hasta llegar a la clínica parecían eternos, en el taxi mi esposa y yo nos mirábamos y sonreíamos, quizás como manifestación de los nervios que sentíamos, pero también de la profunda alegría que luego íbamos a experimentar.

Llegamos al hospital y al tratar de ingresar el guardia dijo: “sólo ingresa un acompañante por paciente.” Mi suegra más nerviosa que yo, me miró como diciendo: “déjame entrar a mí”. Pero pudieron más mis ganas de estar junto a mi esposa, que días atrás le habían programado para cesárea, fuimos los primeros en llegar, y sin embargo demoramos un tiempo lo suficientemente largo como para terminar de comprar algunas cosas que se nos había pasado comprar, como las toallas de maternidad, la crema antipañalitis y aunque no tenía hambre, hasta el desayuno mío. Teníamos dos maletines llenos de cosas, y sin embargo en esos momentos algo se escapa, algo dejaste de llevar, así que revisamos los maletines minuciosamente y lo que no sabía dónde estaba o para qué era, se lo preguntaba a mi esposa: ¿y si me piden la ropita de la bebé, en que maletín está? ¿Y para qué son los pañitos húmedos? todas estas preguntas van teniendo repuestas en la medida en que va transcurriendo el tiempo, pero uno en ese instante lo que se quiere es adelantarse a todo. Al fin la llamaron para la valoración y mientras la atienden y vuelve a salir, la ansiedad se incrementa, mi suegra y mi mamá que viajó junto a mi padre para conocer a su primera nieta, estaban en una tiendita al frente del recinto hospitalario, llamaban cada 15 minutos, era como si los calcularan, preguntaban siempre lo mismo: ¿ya la llamaron, la están atendiendo? Cuando salió, le pregunté cómo le había ido y gracias a Dios: todo marchaba bien, latidos del corazón y movimientos. Ahora había que esperar que la llamaran para prepararla y llevarla a la sala de cirugías, de sólo escuchar esa palabra (Cirugías) me da escalofríos, aún me tiembla el alma.

Finalmente: en el alto parlante de la clínica, escuchamos una voz que decía: Katherine Castaño acercarse a la sala de cirugías… ¡wow! se me estremece todo aún hoy. Ella se fue, y nos tocó salir y entrar por otra parte de la clínica, subimos unas escaleras y allí otra vez a hacer ejercicio de la paciencia, a  esperar, esperar y esperar… al cabo de un tiempo pasó mi esposa con en una silla de ruedas, le di un beso y le dije: “Dios es capaz de hacer, lo que Él prometió que haría”. De allí en adelante, cualquier sonido al interior de la sala de cirugías, se prestaba para alguna especulación. Alguien que estaba cerca me dijo que por qué no estaba allá adentro con mi esposa, que lo único que tenía que hacer era comprar la dotación (vestimenta de cirugía) pero ya era muy tarde, me acuerdo que varias veces le pregunté a mi esposa si eso se podía, pero quizás por la tensión que me generaría nunca me di a la tarea de averiguar con claridad.

En esa sala había varios papás y algunas abuelas en espera, todos los hombres con la misma cara, las abuelas más tranquilas. Llega un momento en el que el corazón late más fuerte, te encuentras en un estado en el que nada de lo que te dicen gana tu atención, sólo piensas en el momento en el que traerán a la bebé. Y ese momento llegó, la nena había nacido a las 9:33 AM, unos 15 minutos después, la pediatra abrió la puerta y dijo con voz fuerte: “los familiares de Katherine Castaño,” di un salto y salí disparado, me presentaron a la bebé más preciosa que han podido ver mis ojos, no sabía que hacer, la alegría que se siente va mucho más allá de lo que se puede escribir aquí. Mi mamá me dijo: ¡qué esperas, tómale la foto! Tomé la cámara y quedó registrada la primera foto de María Paula. Desde ese momento mis ojos no pudieron dejar de verla, la pasaron a una sala cuna, en la que habían otros niños y la podíamos ver a través de un vidrio. Acababa de ver a la niña que me cambió la vida desde el día en que me enteré que venía al mundo. No hay palabras para explicar algo que es sublime, un pedacito de mí estaba allí, indefenso, provocándome la más grande alegría de mi historia, hacía dos minutos que la veía y yo sentía que la amaba de toda la vida. Tantas veces me imaginé como podría ser mi hija y Dios me sorprendió, porque más hermosa no ha podido ser. Si ya tenía varios motivos para levantarme feliz cada mañana, este es el más grande de ellos.

Los minutos posteriores a la presentación de la niña, si no se manejan bien pueden ser más angustiantes, hay que esperar que no vaya a presentar alergia, estar pendiente a que vomiten el liquido amniótico que han tragado, preguntar a qué hora tiene que comer, mejor dicho, como alguien dijo por allí: las preocupaciones siempre van a estar, sólo basta enterarnos de que vienen en camino. De esa felicidad de ver a tu hija, pasas a la preocupación de que nadie te ha dado información de tu esposa. Así qué quieres saber cómo está, quíen te dice algo, tuvo que pasar por lo menos media hora más para que alguien saliera y dijera las palabras esperadas: “familiares de Katherine Castaño,” y así otra vez volver a dar el salto y correr. No hubo problemas todo había estado bien.

Hoy siento que puedo pasar días enteros viendo a mi hija y jamás me aburriría de verla, trato de pasar la mayor parte del tiempo con ella, cerquita, observado sus movimientos, si se ríe, si llora. Es lo que llaman “sublime amor de padre”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario