miércoles, 28 de marzo de 2012

Su compañía, el mejor regalo

Ya les he dicho algo de mis primeros pininos como papá, ahora quisiera contarles algunas cosas que me han acontecido de un tiempo para acá, espero recibir comentarios.

Hace poco conversaba con un amigo y me decía: “mi bebé me ha salido por un ojo de la cara…” y yo pregunto: ¿de verdad ser papá es así de caro? Lo pregunto no porque quiera indagar por cuestiones de dinero, sino porque quiero ver que hay después de esa afirmación de mi amigo, cuántos de nosotros nos quejamos, cuántos no aceptamos ser padres, porque hemos escuchado antes comentarios como este, entiendo que la cuna, el corral, la ropa, los teteros, el coche, el cosiampirito de la boca, el otro para caminar, etc… tengan un valor económico importante, pero no tanto como para quejarse del regalo que nos ha querido dar Dios.

Hay gente que todo lo pone en términos de plata: ¿Cuánto me cuesta entablar una relación? ¿Cuánto dinero me valen mis hijos? En fin, la vida en función del dinero que se gastan, y eso es lo que reflejamos a nuestros hijos después, alguien me decía hoy: “los hijos no pueden ser una carga, ellos no deben darse cuenta que los vemos como una carga, no eligieron venir a este mundo”. Y es cierto, antes de expresarle el afecto, lo qué hacemos es llenarlos de cosas materiales que creemos que necesitan más y es allí donde nos equivocamos. Hoy hablaba con un padre de familia que me decía: “no sé cuál fue mi error, todo se lo he dado a mi hijo, la mejor ropa, la mejor seguridad social, el mejor colegio… todo. ¿Por qué se porta así conmigo?” Y cuando le pregunté que era lo que más le gustaba hacer a su hijo, sólo pudo decir: “no sé…” volví a preguntar, ¿cuanto tiempo pasa con su hijo en las cosas que le gustan? Y respondió: “no, sólo cuando le doy el dinero de su mesada.” Dije: ¡Vaya! No pude evitar preguntarle: ¿alguna vez le ha dicho que lo ama? A lo que respondió: Si no lo amara, no le pagara todo lo que le pago. Y dije: “Por Dios”. Si analizaron la conversación, se dieron cuenta que todo lo respondió en términos de dinero, cuando ese joven lo que está pidiendo a gritos es afecto.

Enséñeles a sus hijos a amar desde que están en el vientre, que las primeras patadas que dé sean porque usted le dijo: te amo. Ya basta de que los regalos ocupen su lugar en la vida de ellos, y está vez hablo desde mi experiencia como hijo, prefería pasar jugar fútbol junto a mi papá, que una bicicleta nueva. No se trata ahora de no comprarle regalos, lo que digo es que muchas veces su compañía es el mejor regalo. Aquel amigo del que les hablé al inicio, me dijo después, de reflexionar todas estás cosas: sabes, me ha salido por un ojo de la cara, pero cada vez que veo sonreír a mi hija, siento que vale la pena haber perdido el ojo, sólo por verla sonreír.

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