Quizás, como yo, ustedes -quienes se toman la tarea de leer este blog- han encontrado situaciones que no controlan, han sentido esa sensación de ser títeres del destino, maniobrados de tal manera que no pueden hacer nada para cambiar aquello que los afecta. Eso me ha pasado muchas veces: los problemas nos dejan ciegos y nos impiden ver las posibilidades que tenemos a nuestro alrededor. Pensamos que ya todo está hecho y en nuestra inercia mental nos comportamos como un barquito de papel que se mueve a majestad de un caudaloso río.
Algo realmente preocupante en este tipo de situaciones es cuando empezamos a decir frases como: “Es que nací para ser un perdedor”, “Nunca me sale nada bien”, “Estoy acostumbrado a que me traten siempre mal”, “No sé para que sigo en esto”. Expresiones lapidarias, que dejan ver la resignación de alguien a quien no le interesa seguir luchando.
Lo más importante en estos casos es reconocer que no somos títeres y que aunque la existencia está tejida en alguna medida por situaciones difíciles, podemos darle un rumbo diferente. La experiencia de Dios es luz en la oscuridad, fuerza en la flaqueza y sentido para el sinsentido. Por eso, fijemos nuestra mirada en el Señor, porque en medio de nuestros problemas Él se está manifestando con poder y grandeza.
En el capítulo 43 y verso 2 del libro del profeta Isaías encontramos un texto precioso que nos puede ayudar en uno de esos momentos difíciles: Si tienes que pasar por el agua, yo estaré contigo, si tienes que cruzar ríos, no te ahogarás; si tienes que pasar por el fuego, no te quemarás, las llamas no arderán en ti”. Es una promesa del Padre Dios para nosotros y en este momento te la regala para que la interiorices, para que la hagas vida en tu vida.
No somos títeres de nada ni de nadie; con la fuerza de Dios lo podemos todo, porque lo que para nosotros es imposible, para el Señor es posible. Ahora te invito a orar: