Por estos días estamos en función de prepararnos para el nacimiento del niño-Dios, y la manera como lo esperamos no puede ser como nos la pinta el comercio y la economía de mercado en general: la ropa nueva, las guirnaldas, las luces de colores, etc…
Se supone que nos preparamos con actitudes concretas, con transformaciones radicales, es momento de desprendernos de ese pecado que durante todo el año estuvo morando entre nosotros, de esas palabras y comportamientos que no nos ayudan a ser mejores, de limpiar nuestro interior de malos sentimientos. Jesús no puede nacer en corazones sucios, no podremos decir que Cristo vive en nosotros y actuar con incoherencia a los que profesamos.
Es tiempo de solidaridad, de buenas obras, de dar testimonio de que de verdad el Señor va a nacer en nuestras vidas; preparamos nuestro pesebre para que nazca, pero debemos procurar que sea el mejor de los pesebres, pues es el Rey de reyes el que pronto va a llegar y la bondad debe ser protagonista en nosotros.
Ojala la navidad no fuera sólo diciembre y todo lo que nos genera, ojala el niño-Dios naciera todos los días en nuestros corazones, no únicamente en este tiempo, estamos llamados a hacer el bien, a servir, a desprendernos del pecado y de lo material, siempre, todos los días…
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