Hace un año en la XXII Feria Internacional del Libro en Bogotá, escuché un cuento que propició en mí la reflexión y quisiera compartir las dos cosas con ustedes:
Había una vez un hombre que quería transformar este mundo de violencia, en un mundo lleno de paz, pero por más que analizaba, no sabía como empezar el cambio, entonces pensó: - si yo quiero cambiar el mundo, y este tiene cinco continentes, pues entonces debo comenzar por el continente en que vivo, y de este continente que tiene tantos países, debo empezar por mi país, y si mi país tiene tantas ciudades, tengo que iniciar por mi ciudad, pero mi ciudad tiene muchos barrios, entonces iniciaré por mi barrio, pero mi barrio tiene un gran numero de casas, iniciaré por mi casa, pero en mi casa somos varios… ¡ya sé!, iniciaré por inundar este mundo de paz desde mi propio cambio.
Este cuento nos deja una enseñanza, muchos de nosotros que vivimos en la fe de Cristo Jesús, queremos transformar la vida de las otras personas, pretendemos construir el Reino de los Cielos, de la boca para fuera, deseamos que los demás cambien sus conductas, pero no nos damos cuenta que de algún modo el cambio debe comenzar desde nuestro corazón, no podemos ser predicadores sin aplicar a nuestra existencia lo que anunciamos.
Es común hoy, que estemos más atentos de la vida de los demás, las equivocaciones y las malas acciones de los otros. Es más fácil mirar la paja en ojo ajeno, que la viga en el propio; y mucho más cómodo decirle a los otros lo que tienen que hacer para mejorar.
Si de verdad queremos ser testimonio de amor y de paz para este mundo, lo normal es que las grandes transformaciones inicien desde el interior de nuestro ser, los grandes hombres son aquellos que toman conciencia de sus actos, reconocen sus errores y hacen algo para que no vuelvan a cometerse. Esas personas que muestran un verdadero compromiso con su cambio, son las capaces de contagiar a aquellos que están a su alrededor, desde su propia experiencia vital.
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