lunes, 19 de abril de 2010

Todo el que ha nacido de Dios, vence al mundo

En uno de esos momentos de incertidumbre, en los que a uno no le da ganas de nada, que es igual hacer o no hacer, estar o no estar, en los que uno siente que carga el universo encima y que es muy difícil aguantar el peso. Me refiero a esos días en los que por la mente y por la boca deambulan frases como: “no hay mal que duren cien años, ni cuerpo que lo resista”. Si, se piensa en algún instante que el organismo de uno no va poder aguantar los problemas, lo que está sucediendo y parece que va suceder por mucho más tiempo; “tras de gordo, hinchado y con paperas”. Una dificultad ocasiona otra y las dos crecen y crecen… no pudiera estar peor.

En uno de esos días y luego de orar, tomé la Biblia y leí un pasaje que me reconfortó, sentí que el mismo Dios me había hablado, fue una de esas experiencias que jamás se olvidan. En la primera carta de Juan en el capítulo 5 y el verso 4 decía: Todo el que ha nacido de Dios, vence al mundo. Inmediatamente tome conciencia de que allí estaba la clave para salir de los líos, sentir que somos hijos del Padre eterno, que Él quiere lo mejor para nosotros, que somos vencedores por la fuerza de su amor, que si Jesucristo venció a la muerte, nosotros podemos vencer el mundo de adversidades, así como para el pueblo de Israel el mar rojo se dividió, así mismo el Señor pasará su mano victoriosa para partir en dos nuestros problemas y ser salvos de aquello que no nos deja vivir en la plenitud.

Pero, ¿cómo reconocernos hijos de Dios? Lo primero que debemos tener claro es que desde que nacemos somos fruto del amor Divino, expresado en el amor de nuestros padres, pero lo confirmamos con el bautismo. En la biblia frecuentemente encontramos textos que en los que se nos recuerda que somos hijos del Dueño de la existencia, en el libro de Isaías en capítulo 49 del verso 15 al 16: ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque esas llegasen a olvidar, yo no te olvido. Míralo, en las palmas de las manos te tengo tatuado. Nos apropiamos de esta palabra porque los textos bíblicos no están escritos para los antiguos, sino para nosotros los que la actualidad vivimos, de este modo, el Señor nos dice que nunca se olvidará de nosotros, que su amor excede el amor de una madre, que es el más incondicional, una madre haría cualquier cosa por el bien de su niño, pues Dios iría más allá por nosotros. En el libro del profeta Jeremías en el capítulo 3 verso 19, nos vuelve a decir que somos sus hijos y nos tiene un futuro radiante: Te tendré como a un hijo y te daré una tierra esplendida, flor de las heredades de las naciones, padre me llamarás y de mi seguimiento no te volverás.

Definitivamente somos hijos de Dios, por eso creo que no hay problema que pueda con nosotros, que nuestro Padre va a obrar para glorificarse en nuestras vidas. También creo que las dificultades no se desaparecerán como por arte de magia, Él no desaparecerá la montaña, (no porque no pueda, sino porque es mejor para nosotros ir por la angosta) pero si nos dará la fuerza para escalarla. Es la acción divina en nuestras vidas, porque el actuará para darnos las fuerzas, el ánimo y las capacidades para afrontar los líos.

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