4:47 AM el celular que utilizo como despertador
llevaba dos minutos sonando, era hora de despertarse, el día que toda la
familia estaba esperando era ese 24 de abril, fecha en la que cambiaría
nuestras vidas para siempre. No paraba de pensar en el momento que viera a mi
hija por primera vez, no sabía lo que iba a hacer, era una pregunta que hacía
días rondaba por mi cabeza, un montón de locuras se me pasaron por la mente y
lo cierto es que nada de eso hice. Los minutos que transcurrieron entre el
momento en que me bañé y cambié hasta llegar a la clínica parecían eternos, en
el taxi mi esposa y yo nos mirábamos y sonreíamos, quizás como manifestación de
los nervios que sentíamos, pero también de la profunda alegría que luego íbamos
a experimentar.
Llegamos al hospital y al tratar de ingresar el
guardia dijo: “sólo ingresa un acompañante por paciente.” Mi suegra más
nerviosa que yo, me miró como diciendo: “déjame entrar a mí”. Pero pudieron más
mis ganas de estar junto a mi esposa, que días atrás le habían programado para
cesárea, fuimos los primeros en llegar, y sin embargo demoramos un tiempo lo
suficientemente largo como para terminar de comprar algunas cosas que se nos
había pasado comprar, como las toallas de maternidad, la crema antipañalitis y
aunque no tenía hambre, hasta el desayuno mío. Teníamos dos maletines llenos de
cosas, y sin embargo en esos momentos algo se escapa, algo dejaste de llevar,
así que revisamos los maletines minuciosamente y lo que no sabía dónde estaba o
para qué era, se lo preguntaba a mi esposa: ¿y si me piden la ropita de la
bebé, en que maletín está? ¿Y para qué son los pañitos húmedos? todas estas
preguntas van teniendo repuestas en la medida en que va transcurriendo el
tiempo, pero uno en ese instante lo que se quiere es adelantarse a todo. Al fin
la llamaron para la valoración y mientras la atienden y vuelve a salir, la
ansiedad se incrementa, mi suegra y mi mamá que viajó junto a mi padre para
conocer a su primera nieta, estaban en una tiendita al frente del recinto hospitalario,
llamaban cada 15 minutos, era como si los calcularan, preguntaban siempre lo
mismo: ¿ya la llamaron, la están atendiendo? Cuando salió, le pregunté cómo le
había ido y gracias a Dios: todo marchaba bien, latidos del corazón y
movimientos. Ahora había que esperar que la llamaran para prepararla y llevarla
a la sala de cirugías, de sólo escuchar esa palabra (Cirugías) me da
escalofríos, aún me tiembla el alma.
Finalmente: en el alto parlante de la clínica,
escuchamos una voz que decía: Katherine Castaño acercarse a la sala de
cirugías… ¡wow! se me estremece todo aún hoy. Ella se fue, y nos tocó salir y
entrar por otra parte de la clínica, subimos unas escaleras y allí otra vez a
hacer ejercicio de la paciencia, a
esperar, esperar y esperar… al cabo de un tiempo pasó mi esposa con en
una silla de ruedas, le di un beso y le dije: “Dios es capaz de hacer, lo que
Él prometió que haría”. De allí en adelante, cualquier sonido al interior de la
sala de cirugías, se prestaba para alguna especulación. Alguien que estaba
cerca me dijo que por qué no estaba allá adentro con mi esposa, que lo único
que tenía que hacer era comprar la dotación (vestimenta de cirugía) pero ya era
muy tarde, me acuerdo que varias veces le pregunté a mi esposa si eso se podía,
pero quizás por la tensión que me generaría nunca me di a la tarea de averiguar
con claridad.
En esa sala había varios papás y algunas
abuelas en espera, todos los hombres con la misma cara, las abuelas más
tranquilas. Llega un momento en el que el corazón late más fuerte, te
encuentras en un estado en el que nada de lo que te dicen gana tu atención,
sólo piensas en el momento en el que traerán a la bebé. Y ese momento llegó, la
nena había nacido a las 9:33 AM, unos 15 minutos después, la pediatra abrió la
puerta y dijo con voz fuerte: “los familiares de Katherine Castaño,” di un
salto y salí disparado, me presentaron a la bebé más preciosa que han podido
ver mis ojos, no sabía que hacer, la alegría que se siente va mucho más allá de
lo que se puede escribir aquí. Mi mamá me dijo: ¡qué esperas, tómale la foto!
Tomé la cámara y quedó registrada la primera foto de María Paula. Desde ese
momento mis ojos no pudieron dejar de verla, la pasaron a una sala cuna, en la
que habían otros niños y la podíamos ver a través de un vidrio. Acababa de ver
a la niña que me cambió la vida desde el día en que me enteré que venía al
mundo. No hay palabras para explicar algo que es sublime, un pedacito de mí
estaba allí, indefenso, provocándome la más grande alegría de mi historia,
hacía dos minutos que la veía y yo sentía que la amaba de toda la vida. Tantas
veces me imaginé como podría ser mi hija y Dios me sorprendió, porque más
hermosa no ha podido ser. Si ya tenía varios motivos para levantarme feliz cada
mañana, este es el más grande de ellos.
Los minutos posteriores a la presentación de la
niña, si no se manejan bien pueden ser más angustiantes, hay que esperar que no
vaya a presentar alergia, estar pendiente a que vomiten el liquido amniótico
que han tragado, preguntar a qué hora tiene que comer, mejor dicho, como
alguien dijo por allí: las preocupaciones siempre van a estar, sólo basta
enterarnos de que vienen en camino. De esa felicidad de ver a tu hija, pasas a la
preocupación de que nadie te ha dado información de tu esposa. Así qué quieres
saber cómo está, quíen te dice algo, tuvo que pasar por lo menos media hora más
para que alguien saliera y dijera las palabras esperadas: “familiares de
Katherine Castaño,” y así otra vez volver a dar el salto y correr. No hubo
problemas todo había estado bien.
Hoy siento que puedo pasar días enteros viendo
a mi hija y jamás me aburriría de verla, trato de pasar la mayor parte del
tiempo con ella, cerquita, observado sus movimientos, si se ríe, si llora. Es lo
que llaman “sublime amor de padre”.